viernes, 28 de junio de 2019

Los sonidos de la noche

Desde mi cama, motos que pasan, una tras otra. Murmullos. Viento.
Y los pájaros, en esta calle siempre cantan los pájaros, da igual la hora.
Desde mi balcón, las terrazas de abajo.
El olor a comida, las conversaciones, los niños jugando aunque sea tarde.
Hace tanto calor que la casa está abierta.
Estoy tumbada sola, con un pantalón corto que se cae, una camiseta de tirantes que se abre.
Dentro de casa el silencio.
En mis oídos el ruido constante.
En mi cabeza un intento de calma que no llega.
Me gustaría escuchar a los pájaros, y solo a los pájaros. Sin sonidos chispeantes.

Elijo una canción.
Mis propios sonidos de la noche. Supongo que ya no podré escalar una montaña y escuchar el silencio. Ya nunca haré poesía de nada, porque no puedo escuchar el mundo y disfrutarlo.
La canción dice “siento como si toda mi vida me hubiera estado conduciendo a este preciso momento”
No lo creo, pero siento que la vida pasa y yo permanezco.
De pequeña me gustaba taparme los oídos a ver qué escuchaba.
Me gustaba taparme los ojos fuerte
a ver qué veía.
Me gustaba el verano y escuchar la calle. Recuerdo llevar un camisón blanco muy tieso, de tela antigua, con lazos rosas. La habitación con dos camas, la mía mirando a la ventana. El sonido de las terrazas.
Yo asomada con mi camisón largo que me ha hecho mi abuela. Llevo dos trenzas. Ya de pequeña me gustaban las historias, y llevarme las historias a mi vida. Me gustaba jugar a “Celia en el colegio”
Vuelvo a la cama y me duermo escuchando las risas, acompañada.
Siempre me ha gustado mirar y escuchar.
Recuerdo una carretera de noche, las líneas blancas una tras otra. No sé qué pensé pero ahí está ese recuerdo. Abstracto.
A veces sueño con la casa de mi abuela, a la que hace más de 10 años que no voy.
Sueño con el baño, con la jabonera. Con una colección de frascos de colonia en miniatura.
De pequeña crees que eres especial. Que los pensamientos mágicos sobre la vida, la obsesión por cosas aparentemente sin importancia solo la tienes tú, solo te pasa a ti. Siempre quise tener una caja de música con una bailarina. Tenía una vieja, de mi madre, sin bailarina. Pregunté si antes había una bailarina, me dijeron que sí, que se había perdido con los años. Me puse muy triste. Mi abuelo pegó alguna de mis muñecas diminutas, pero no era lo mismo.
Sigo escuchando la calle, como hace veinte años.
Pero ahora se cuelan sonidos que no vienen de ningún lado.
Ahora sé que no todo sale bien, a veces todo sale muy mal.
Pero me sigue gustando soñar y las cosas pequeñas.
Una vez conocí a alguien a quien le gustaba la magia y las cosas pequeñas. No es que lo nuestro fuera especial, pero teníamos el mismo empeño en que lo fuera. En que la vida fuera especial. En los detalles.
Conocí a alguien que entendía por qué era importante buscar la magia constantemente. Juro que me encontré cuando lo conocí. Fue como si entendiera los pensamientos que eran solo míos. Como si me leyera los ojos.
Nunca se lo he preguntado, pero seguro que de pequeño se tapaba los ojos fuerte.
Ese alguien entiende por qué es importante una tortuga. O un vestido blanco corto con flores en el pelo. O las estrellas. Que entiende que es importante creer que tu vida tiene magia.
Simplemente por el gusto de hacerla interesante. Que da todo igual, y precisamente por eso, puedes crear los cuentos que quieras. Cuentos de tortugas.
Conocí a alguien que habría leído esto y le habría gustado imaginarme con el camisón, con el vestido blanco de flores en el pelo, con las dos trenzas mirando por la ventana, escuchando la gente, mirando las estrellas. Triste por mi caja sin bailarina.
Conocí a alguien que era lo opuesto a la mayoría de personas, que aunque te quieran, nunca te entenderán, leerán tus cuentos y dirán “está bien”.
Conocí a alguien con quien toqué una canción en el piano y él en la guitarra, y pensamos lo mismo en ese momento y estoy segura de no se le ha olvidado. Encontrábamos la magia.
Conocí a alguien que buscaba algo en todo lo que yo le contara, dijera, enseñara. Porque sabe quién soy. Sabe que si me compro un vestido de limones es divertido.

No sé si existe todavía, me da pena pensarlo. Llevaba muchos años sin escucharlo, el otro día me pareció reconocerlo por un momento. Me preocupa que crezca. Que haya crecido mucho, y darme cuenta. En mi cabeza sigue siendo el mismo y eso me hace feliz. Me da miedo que lea esto y se aburra porque yo ya no soy un ser distinto para él. Porque mi mundo extraño ya le da igual y le es ajeno. Peor, crea que mi mundo raro son tonterías o le doy demasiadas vueltas (qué aburrimiento si no!)
Que leo demasiado (siempre he leído demasiado) que escucho demasiada música.
De alguna manera somos extraños otra vez. A veces no sé quién es o qué decirle. A veces no me gusta. No me ha gustado estos últimos días. Otros días parece que no ha pasado ni un día. Parece octubre y yo llevo mis zapatos nuevos mojados y me hacen daño.

A veces siento que yo misma he tenido que salir y cerrar ese universo. Por pensar que nadie más podría entrar.
Hoy me han dicho “estás distinta” “has crecido, eres organizada, responsable, tienes los pies en la tierra”.
Y yo he contestado
Que sigo siendo una niña con camisón.
Y que aunque no lo parezca
estoy volando.

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